Se miraron un par de veces, cruzaron sus pasos en mitad de los desconocidos y una copa de vino fue el inicio de una señal improvisada. Martín, sonría, picaro y delicado, todo en ella robaba su atención y al cabo de unas horas las melodías de la música los llevó al centro de la pista: antes eran extraños con nombres, con gustos disparejos y destinos alejados, ahora una canción y una salida los juntó en aquella tarde de primavera.
-¿Qué si me gusta el río? pues, la verdad una vez estuve tan cerca que la turbulencia y color de las aguas me provocó una sensación de pánico y descontrol. Iría si no fuera el Magdalena.
-En mí ocurre todo lo contrario. Cuando llueve, conduzco hasta Las Flores y me parqueo hasta la punta de las Carrerías, bajo un poco la ventanilla y mientras avanza la lluvia y desaparece el resto de la ciudad al otro lado, voy cantando las canciones que se me dan la gana.
-¿De dónde saliste ehh?, eres la primera persona que conozco que hace algo como eso, eres irreal.
-¿Te fuiste hasta Las Flores y te quedaste en las Correrías?, ¿Por qué te quedaste callado?
-Sí me fui un segundo.
-Me tengo que ir, tengo una cita en la galería y ya estoy retrasada. Me encantó conocerte...y a propósito, soy Claudia.
Tomó el bolso y se marchó sin darle tiempo a Martín de levantarse de la silla y responderle con una adiós. De recuerdo, le quedó el aroma de su perfume y la sonrisa de niña traviesa.
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