Una foto tuya. Un recuerdo atiborrado,
y esos ojos que delatan una vida entera.
Construí una cápsula de tiempo para atesorarte en la poesía.
Es la única forma cuerda de tenerte.
Te quiero y te he querido antes y después de haberte dado tiempo.
Un beso, ese que te di ayer. Ese que guardé en la luz infinita del ayer, del hoy.
Fingí que no te quise y jamás lo supiste.
Entonces te soñé en la distancia y te lloré también.
Te soñé una y otra vez.
En mis sueños reconocías este amor inadvertido.
Te besé cincuenta y cinco veces el alma.
Me guardé tus miradas en el calendario.
Escondí tus besos en mi piel.
Desarmé tu armadura solo una vez.
Una foto tuya y esos ojos que aún ignoran que los miro,
que los amo, que los echo de menos.
Fingo una sonrisa. Ahogo el sentimiento de quererte con locura,
y sé que tú jamás lo sabrás.
25 diciembre 2014
18 diciembre 2014
Ni poemas de amor, ni Serrat
Deshojar el tiempo, tachar las lunas del calendario, vaciar la taza de café y terminar la noche con menos suspiros que la anterior.
Ahí en el tintero había algo más y detrás de eso también. Estaba el azul celeste de aquella bóveda infinta que llaman cielo. Colgaban los recuerdos, tus memorias, las mías, las nuestras. Y así como un soplido fugaz y fuerte me llegó de golpe su nombre... tu nombre. Ausente, perdido, olvidado, pasado, lejano, nostálgico.
Estaba en sepia, tan nítido y lúcido como ayer, cuando en vez de tiempo, deshojábamos margaritas, retando al destino sobre el futuro incierto que desconocíamos: "¿me quiere?, ¿no me quiere?". Un beso y una noche juntos nos bastaban en ese entonces.
¿Y hoy? Ya no tengo margaritas, ni besos ni noches. Aquí con el tintero vacío, sin el azul celeste del horizonte y un café con sal hemos ido desandando caminos viejos, a blanco y negro. Teñidos a la mitad y cubiertos de musgo a causa del imperdonable paso del tiempo.
Hoy, restan los recuerdos, pero ¡cómo suman tantos deseos incumplidos! Verte por segunda vez, por tercera, por cuarta, por quinta o por décima vez antes de que abrieras los ojos en la madrugada y quedarme viéndote, en silencio, sonriendo, queriéndote y después volver a dormir y guardarme tu figura de memoria en mi alma; así como se atesoran los detalles más queridos e invaluables.
Ni calcetines perdidos en fondo de una maleta, ni poemas de amor, ni Serrat... solo tiempo, solo eso.
Ahí en el tintero había algo más y detrás de eso también. Estaba el azul celeste de aquella bóveda infinta que llaman cielo. Colgaban los recuerdos, tus memorias, las mías, las nuestras. Y así como un soplido fugaz y fuerte me llegó de golpe su nombre... tu nombre. Ausente, perdido, olvidado, pasado, lejano, nostálgico.
Estaba en sepia, tan nítido y lúcido como ayer, cuando en vez de tiempo, deshojábamos margaritas, retando al destino sobre el futuro incierto que desconocíamos: "¿me quiere?, ¿no me quiere?". Un beso y una noche juntos nos bastaban en ese entonces.
¿Y hoy? Ya no tengo margaritas, ni besos ni noches. Aquí con el tintero vacío, sin el azul celeste del horizonte y un café con sal hemos ido desandando caminos viejos, a blanco y negro. Teñidos a la mitad y cubiertos de musgo a causa del imperdonable paso del tiempo.
Hoy, restan los recuerdos, pero ¡cómo suman tantos deseos incumplidos! Verte por segunda vez, por tercera, por cuarta, por quinta o por décima vez antes de que abrieras los ojos en la madrugada y quedarme viéndote, en silencio, sonriendo, queriéndote y después volver a dormir y guardarme tu figura de memoria en mi alma; así como se atesoran los detalles más queridos e invaluables.
Ni calcetines perdidos en fondo de una maleta, ni poemas de amor, ni Serrat... solo tiempo, solo eso.
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